03 octubre 2005

TEXTO

Experiencia en el Delta del Paraná
Transitando las aguas del Paraná a bordo de una embarcación que traslada gente que habita el delta, entremezclada con paseantes que visitan el lugar, ya puedo observar las diferentes miradas de unos y otros, siéndome muy fácil poder identificarlos. En los primeros, puedo adivinar sus recorridos rutinarios que repiten día a día, en ese ida y vuelta de sus trabajos a sus casas, en donde los referentes de orientación ubicacional y de tiempo, son la propia naturaleza.
En los otros su mirada de turista, no logra disimular el asombro que les provoca esa naturaleza desbordante y agitada, que se les impone frente a sus ojos y que promete una travesía diferente, entre canales, ríos, muelles araucarias y magnolias.
Siempre me interesó observar las distintas miradas, del que habita el lugar y del que lo visita. Tal vez el temor a lo desconocido y la falta de control a sus códigos haga aparecer en uno, ese sentimiento de miedo que nos acerca a la conciencia de ser mínimo, que enmudece, que maravilla, que estremece y nos invita al despojo.
Entrecruce perfecto entre tierra y agua, el Delta del Paraná es un lugar fundamental de vida. Allí todo es brote, crecimiento, oxígeno y estando dentro, uno puede sentirse parte de su estructura y percibir su fuerza desbordante.
Es como un gran corazón que late, en donde sus arterias “ríos”, llevan el flujo que nutren la tierra, devolviendo el oxígeno necesario para la existencia.
Su selva sobrepasa cualquier escala humana, y uno allí penetra en lo impenetrable, fabricando senderos por dónde poder circularla, respirarla, resistirla o bien entregándose a la experiencia de quedar enredado entre sus lianas, raspado por sus púas o librado a la experiencia misma de quedar atrapado.

“Pero fuera todo es desmedido. Y cuando el nivel sube fuera, sube también en ti, no en los vasos que están en parte en tu poder, o en la flema de tus órganos más impasibles: si no que crece en los vasos capilares de tu existencia infinitamente ramificada.
Allí es donde asciende, allí es donde desborda de ti, más alto que la respiración, y, último recurso, tú te refugias como sobre el filo de tu alimento. ¡Ah! Y donde, después ¿dónde?. Tú corazón te expulsa fuera de ti mismo, tú corazón te persigue y ya estás casi fuera de ti y no puedes más. Como escarabajo al que han pisado, te escurres fuera de ti mismo y tu escasa dureza o elasticidad ya no tienen sentido..."
Rilke.

Propuesta de acción en la naturaleza

Hace tiempo vengo trabajando la idea de arquitectura íntima, como elemento constitutivo y estructura de la obra.
La relación de lugar y sus vivencias van construyendo dentro, emociones y experiencias que en forma inconsciente nos van habitando, condicionando una forma de comportamiento.
Desde que una semilla es fecundada, estará expuesta a infinidad de estímulos que la irán habitando, configurándose desde su naturaleza en una “estructura de cuerpo” el cual se irá moldeando, para poder constituir su propia morfología.
La posibilidad de creer que el sujeto se construye a sí mismo, almacenando memorias de recuerdos pasados, haciendo al mismo tiempo de puente entre el adentro y el afuera, donde se amolda por momentos y resiste en otros, es lo que lleva a formular la idea de arquitectura corporal y la relación del espacio en dónde se desarrolla.
Así como la araña teje su red, como principio de supervivencia hilvanando y reparando sus desgarros con un tejido resistente que soporte las inclemencias, el delta del Paraná me presenta la posibilidad de experimentar personalmente la travesía en su selva y sus ríos, pudiendo sentirme parte de su naturaleza y ser yo misma esa araña que teje entre rama y rama una red en donde anclar y poder reparar su daño.

Silvina Romano, octubre 2005.

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